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Gweltah na hÉireannDiario irlandés - verano de 2007por DSN(fotos de Kamatxo)Lunes 25 de junio [Madrid >>> Aeropuerto de Dublín – Swords]
Todo empezó saliendo mal, pero sorprendentemente de alguna manera consiguió enderezarse. Después de innumerables problemas para facturar, subir al avión y poner en marcha las bicicletas una vez llegados a Irlanda, Cansancio abrumador y emociones fuertes para la primera noche, pero también victoria al fin y al cabo, 3-0 contra Ryanair, 1-0 contra nuestras maltrechas pero aún supervivientes bicicletas y 1-0 contra el entorno hostil que a la mañana siguiente, con la luz del día, pudimos identificar, para nuestro gran asombro: una inofensiva escuela con un prado gigantesco alrededor, sobre el cual nos hallábamos acampados. Martes 26 de junio [Swords – Drogheda]
Nos despiertan las fieras del bosque y la luz estival prematura. Sin haber dormido apenas nada a causa de los terrores nocturnos (con el agravante personal de haber venido directamente de un agotador festival jébico), Encontramos un mar mucho más violento de lo que habíamos imaginado. Junto a la costa la ventolera era atroz, nos golpeaba todo el tiempo sin piedad, amenazando con lanzarnos al agua. El verano aquí es invivible si se está mucho rato a la intemperie. El invierno, deducimos, debe de ser una pesadilla. Pero eso ya lo esperábamos. Lo que nos ha sorprendido es el tipo de sociedad con el que nos hemos encontrado. Probablemente sea diametralmente opuesta a la visión tradicional que de ella se tiene, es decir, la de hace uno o dos siglos, cincuenta años o incluso tan sólo veinte. En los años sesenta, los irlandeses no tenían ni para comprar zapatos, los niños se paseaban descalzos y mal vestidos por las calles. Hoy en día esta misma gente nada en la abundancia. Los precios están disparadísimos, se ven coches enormes y fabulosas casas de campo, Por sugerencia de una amable conductora que nos paró por el camino, subimos hasta el castillo de Ardgillan, construcción señorial reconvertida en cafetería, enmarcada en una pradera de película que descendía en una larga pendiente hacia el mar. Los irlandeses son por lo general amabilísimos, para nuestra fortuna hemos comprobado sobre el terreno la certeza de este tópico nacional. Visitamos los molinos de Skerries, y muchos otros pueblos que nos pillaron de camino en nuestro duro trayecto: Balscaddan, Gormanston, Julianstown. Acabamos el día montando la tienda a las afueras de Drogheda, la primera ciudad grande que atravesamos, en mitad de un descampado que hace las veces de vertedero improvisado. Nos encontrábamos exhaustos, pero con buen ánimo y ganas de proseguir, rezando para que el día siguiente no sumara aún más fatigas y percances a una larga lista elaborada en muy poco tiempo. Canción del viaje: “Drogheda” Sad are three homes They came to Old Ireland
Miércoles 27 de junio [Drogheda – Newgrange – Drogheda –> Belfast]
Nos despertamos muy tarde, pues hacía falta recuperar el cansancio mortal de los dos días anteriores. Recogimos el campamento de nuestro bucólico y a la vez industrial emplazamiento y bajamos al pueblo a comer, en un Subway, feliz descubrimiento. Fuimos en bici hasta Newgrange, un famoso enclave de menhires, donde solamente pudimos visitar un museo de interpretación de restos prehistóricos, pues no nos quedaba tiempo antes de coger el bus para Belfast. Allí nos topamos con la palabra que desde entonces pasaría Ante la imposibilidad de conseguir llegar a Belfast por nuestros propios medios, meta que se fue volviendo más y más irrealista a medida que avanzaba el día, renunciamos desde el primer momento a un imposible purismo ciclista. Sin embargo, en este punto sufrimos un duro revés, puesto que después de dejarnos el alma pedaleando para llegar a tiempo a la estación nos dimos cuenta, al no llegar el bus esperado, de que llevábamos dos días con una hora menos en los relojes. Nos resignamos entonces a aguardar al siguiente, que llegaba una hora más tarde, a las seis, al menos teóricamente, porque el mencionado no llegó hasta las nueve, lo cual nos irritó sobremanera, pues podríamos haber visitado los megalitos antes que estar pudriéndonos durante horas en aquella estación especialmente mugrosa. Llegamos a Belfast ya cerrada la noche, por suerte el albergue escogido quedaba muy cerca de la estación. Cenamos las viandas adquiridas en Drogheda, regadas por cervezas del país envasadas en lata, y dormimos en un cuarto sórdido entre gente extraña. Jueves 28 de junio [Belfast] Kamatxo a empleada del Subway de Belfast: Hemos decidido quedarnos en Belfast un día más de lo previsto, para poder ver la ciudad a conciencia antes de proseguir nuestro camino. Después del desayuno, hicimos una segunda reserva, dejamos nuestras cosas en la nueva habitación y nos marchamos a conocer West-Belfast. Comimos de nuevo en un Subway, un Teriyaki Chicken los tres, que por poco asesina a mi estómago, y nos volvimos al albergue. Nos llovió tanto aquella mañana, en dos tandas a cual más mortífera, que toda nuestra ropa quedó completamente empapada, y en el punto álgido de la desesperación nos atrevimos a clamar contra el Señor Todopoderoso por su impiedad. Descansamos largo tiempo tras el diluvio sufrido, y después Durante nuestro paseo por Falls Road, un lugar tan impresionante como la altura del muro que divide todo el barrio de este a oeste, Haddock y Kamatxo se compraron camisetas del IRA en la tienda del Sinn Féin. Es un poco triste que aquella zona visiblemente depauperada y en guerra resulte lo más interesante de la ciudad, pero yo ya sabía desde un principio que ese también sería el principal atractivo a nuestros ojos. Planeando los siguientes pasos de nuestra ruta, nos dimos cuenta de que se imponía el apoyo del bus para la realización de nuestra particular cruzada, más como ayuda recurrente que como la excepción puntual que antes del primer trayecto creímos que sería. Somos demasiado optimistas y temerarios en exceso en cuanto a nuestras planificaciones, y al ponernos en marcha el mundo se nos echa encima con toda la crudeza de las leyes de la física. Pero estamos contentos, aunque suframos y padezcamos, porque al mismo tiempo lo estamos pasando bien.
Viernes 29 de junio [Belfast –> Sligo]
Nos despertamos hacia las diez. Esperamos en el hostal a que la tía de Kamatxo le enviara por fax su carné de conducir, con la esperanza de alquilar un coche, pero el documento Dimos un paseíto por Sligo, donde no hay mucho que reseñar salvo el impresionante macizo del Dartry al norte, que acapara el horizonte y conforma toda la belleza de aquel lugar. Cenamos en un pub, tomando un servidor por segunda vez un riquísimo filete de bacalao rebozado, regado por la cerveza de rigor, y remontamos un poco el camino hacia Drumcliffe, al norte, para estar cerca del cementerio en el que descansa W. B. Yeats y poder visitarlo al día siguiente. Montamos la tienda en mitad de un campo, a la vista de algunas casas, la ubicación más temeraria que hemos escogido hasta ahora, pero nada malo sucedió.
Sábado 30 de junio [Sligo – Drumcliffe – Sligo – Castlebar]
Nos despertamos bastante tarde, a pesar de nuestra disposición madrugadora del día anterior, aquel grandilocuente y varias veces reiterado «en cuanto empiece a clarear...». No logramos estar preparados hasta Regresamos a Sligo para las dos, y una vez allí, después del aparatoso desvío, comenzó la verdadera etapa. En primer lugar, hora y media de pedaleo hasta Collooney, donde comimos un bocadillo tan enorme como sabroso en una gasolinera. Proseguimos por la N17 dirección Charlestown, conscientes de la abrumadora cantidad de kilómetros que nos quedan por cubrir en las escasas horas de luz restantes. Antes de pisar Tuppercurry, unos simpáticos jovenzuelos irlandeses se apiadaron de mis dificultades con la cadena de la bici y me ayudaron a adelantar varios kilómetros a golpe de furgoneta, detalle que indignó a mis abnegados compañeros. Debo decir en mi defensa que ante semejante oferta era difícil negarse. A los chavales del lugar les debió Pasamos del condado de Sligo al de Mayo, y la noche iba cayendo mientras apurábamos el paso hacia Castlebar. Sin embargo, la suerte no estaba de nuestro lado, y unos diez kilómetros antes de llegar la rueda de Haddock se descuajeringó por completo. Pasamos un buen rato parados intentando arreglarla, mientras Kamatxo, que ignoraba la desgracia, prosiguió avanzando varios kilómetros que luego tuvo que desandar cuando logramos transmitirle la noticia. En ese momento, una señora muy simpática se apiadó de nuestra situación y nos ofreció trasladar a la víctima del infortunio hasta el próximo Bed & Breakfast, donde los tres podríamos reunirnos más tarde para pasar la noche. Nos hallábamos discutiendo las posibilidades de dejarnos conducir hasta la puerta de la posada y después escabullirnos por el campo Mientras la anciana y su taciturno marido transportaron a Haddock junto con su maltrecho vehículo, el policía, sin explicarnos sus intenciones, manifestó que iría él también a Castlebar con su coche, y después volvería, y nos exhortó a Kamatxo y a mí a no movernos de allí. Estuvimos esperando in situ veinte minutos, temiéndonos lo peor, lamentándonos por no poder escapar, hasta que el señor agente, en un imprevisto alarde de benevolencia, regresó con una furgoneta para llevarnos a nosotros y a nuestras bicis hasta donde estaba Haddock. El posible precio del B&B, que atormentaba a mis dos usurarios amigos desde que la señora mencionó aquella posibilidad, se quedó en unos modestos 15 euros por cabeza, que Haddock ya había pagado a su llegada, por lo que de una forma u otra no hubo discusión sobre la conveniencia de pernoctar o no en aquel lugar. El hostal estaba regentado por una especie de drogadicto doméstico y algo antipático con el que no podía entablarse conversación alguna. Nos duchamos (¡aleluya!), cocinamos y comimos parte de los ruines alimentos que transportábamos y al poco rato caímos dormidos del agotamiento. Domingo 1 de julio [Castlebar –> Galway]
Amanecimos en el B&B de Castlebar al que el destino nos había conducido el día anterior. Después de un desayuno precario, aguardamos un rato mientras Haddock intentaba arreglar su bici, pero ante la imposibilidad de conseguirlo, nos resignamos a volver a tomar el autobús, y Llegados a Galway, y empezamos a explorar la ciudad. Buscamos alojamiento en un albergue céntrico y continuamos el paseo, esta vez sin pertrechos, por la zona del centro, siguiendo el itinerario propuesto por mi guía fabulosa. No es una ciudad que se pueda llamar fea, de hecho me dio más bien la impresión contraria, pero no había ningún monumento digno de ese nombre, ni allí ni en ninguno de los lugares visitados hasta entonces. El turismo que puede hacerse en Irlanda es distinto del habitual. Lo más interesante que tiene la isla es su ambiente, el carácter desenfadado, apacible y caluroso de la gente. En los pubs de Galway hay música en directo a todas horas, y muchos turistas. La atmósfera es bastante jovial. Nos recogimos tarde, cocinamos mientras veíamos la tele en unos fuegos agónicos que nos retuvieron hasta las 00:30 para preparar un simple plato de pasta, y era ya tan tarde que en vez de salir en condiciones como habíamos planeado, nos limitamos a tomar la penúltima y volver a dormir a la habitación. Yo tenía ganas de salir más rato, pero Haddock empezaba a encontrarse mal. Habíamos llegado al Ecuador de nuestro viaje. Hasta entonces no es que hubiéramos pedaleado mucho, pero sí habíamos visto bastantes cosas, y estábamos tan satisfechos como agotados por el periplo realizado.
Lunes 2 de julio [Galway –> Islas de Aran –> Galway]
Haddock fue de mañanita a llevar su bici al taller, y no tenía muchas ganas de movimiento, por lo que tan sólo Kamatxo y yo integramos Inishmore es impresionante. De un relieve devastado, constantemente golpeado por el viento, conserva una belleza salvaje y pura, y a la vez trae a la mente la durísima realidad cotidiana de sus habitantes, pescadores miserables, a través de los siglos. Esos eran los pensamientos que nos invadieron mientras recorríamos sus caminos, visitábamos las ruinas majestuosas de los castros celtas y admirábamos la altura de los abruptos precipicios de su fachada meridional. Me compré un jersey y un gorro de lana en una tienda de la isla, un sorprendente arrebato consumista. Kamatxo y yo nos bañamos en el mar. Él no se atrevió a meterse entero, yo me lancé de un salto al agua helada para después salir de ella aullando. Y tuvimos un curioso encuentro con un burro poco amigo de las visitas, que inmortalizamos en un pequeño vídeo. Regresamos a Galway a la hora de cenar, ritual que efectuamos ya reunidos con Haddock en un restaurante turquizante con el ingenioso nombre de Abrakebabra, Me empiezo a acostumbrar a este país, aunque el tiempo aquí sea tan horrendo que no creo que pudiera quedarme a vivir durante mucho tiempo. Por otra parte, esto está tan lejos de todo y es en muchos aspectos tan forzadamente pintoresco que a veces tengo la sensación de estar en una mezcla de reserva india y ciudad remota del norte de Noruega.
Martes 3 de julio [Galway – Limerick]
Culminamos con éxito una etapa épica, los 111 kilómetros que separan Galway de Limerick, que a mí casi me cuestan una rodilla y a los tres bastante ánimo. Por una vez salimos del albergue a una hora decente, y Una vez en Limerick, nos las arreglamos para quedar con Natalia, mi compañera de la carrera que se hallaba haciendo un curso de inglés allí, uno de esos en los que no hay más que españoles y lo máximo que se aprende es algún nuevo insulto en asturiano u onubense. Ella estaba cenando en un pub, y para cuando llegamos, ya se marchaba para casa, así que el encuentro fue de lo más fugaz. Intentamos pedir algo de comer allí para llenar nuestros estómagos exhaustos, pero lo máximo que conseguimos fueron unas malditas bolsas de cacahuetes para acompañar las pintas del triunfo. En el súmmum del cansancio, nos reímos a La posterior búsqueda de un acuartelamiento adecuado no puede ser descrita fielmente con palabras. Fueron dos horas de sufrimiento y tensión, agotados por el tremendo esfuerzo, atormentados por la lluvia y con el miedo de toparnos con un coche de la Garda en cualquier esquina. Nos detuvimos al borde de un sendero en una urbanización de las afueras, justo al lado del río, montamos penosamente la tienda en mitad del diluvio y por una vez no nos importó demasiado que nos pudieran ver; nuestra situación difícilmente podría empeorar. Nos dormimos enseguida, perdidos en la espesura de lo que a esas horas y bajo ese clima parecía una selva tropical, desde cuyas aguas podía surgir en cualquier momento un inmenso kraken que engullera de un bocado la tienda con nosotros y las bicis dentro. Miércoles 4 de julio [Limerick – Cashel]
Kamatxo pagando la entrada a la catedral de St.Mary, frente a un cartel que rezaba Nos despertamos entre humedad y dolor. Al abrir la portezuela de la tienda, nos topamos de bruces con un irlandés paseando al perro, que nos hizo varias preguntas sobre nuestro origen, y una vez saciada su Pasadas las dos nos pusimos en marcha, abandonando Limerick en dirección a Tipperary. El viaje fue directo por carretera nacional, Jueves 5 de julio [Cashel – Kilkenny]
Nos despertamos con el sol (bien tardío) y recogimos la tienda. Al examinar la carretera que teníamos al lado, descubrimos a un obrero señalador apostado justo enfrente de la entrada a nuestro campo. Especulábamos acerca de la estrategia a seguir para sortearlo Proseguimos hacia el pueblo, y tomamos allí un buen desayuno irlandés completo (Irish Breakfast) en un restaurante rústico para quitarnos el hambre Viernes 6 de julio [Kilkenny –> Dublín]
Sebastian, guía turístico del Castillo de Kilkenny: Despertamos con mucho dolor, empacamos y nos retiramos furtiva y velozmente. Llegamos triunfalmente a Kilkenny, el pueblo más bonito de los que hayamos visto hasta entonces, exceptuando las ciudades. Vivimos una última odisea autobusera por carreteras infames, sin que fuera la primera vez, para más I.N.R.I. Llegamos a Dublín a las ocho de la tarde, no encontramos el remoto hostal hasta las nueve, no cenamos y nos duchamos (¡por fin!) hasta Sábado 7 de julio [Dublín – Swords]
Haddock al camarero que me trajo un bocata de tamaño gigante: Despertamos increíblemente temprano para lo tarde que nos habíamos dormido. A las diez avisaron a Haddock Después de la vuelta, me reuní con los demás mucs en el Trinity College, y tras resguardarnos del chubasco imprevisto de rigor bajo el famoso campanario sin campana, que según los chistes irlandeses sólo se oirá tocar cuando pase por debajo una mujer virgen (cosa que no ha sucedido desde hace trescientos años), nos pusimos en marcha hacia la Antes de que cayera la noche, nos pusimos en marcha hacia nuestro siguiente destino, Swords (bautizado por nosotros como Swórdido), que distaba unos cuantos kilómetros del centro de la ciudad. Habíamos decidido acampar esa noche Domingo 8 de julio [Swords – Aeropuerto de Dublín >>> Madrid]
¡El último día! Agotados y magullados, nos embarga el deseo de volver a España desde el mismísimo segundo en que nos despertaron los dos móviles, a las nueve de la mañana. A la llegada a Madrid, representantes de las tres familias vinieron a recogernos, para ayudarnos a cargar con el pesado equipaje. Kamatxo y su padre llevaron mi bici hasta mi casa en su furgoneta, porque no entraba en el coche de mi madre. Antes de despedirnos, sugerimos quedar más tarde para tomar unas cañas, pero no se produjeron llamadas, cada cual estaría más apalancado en su sillón. Deshice mi mochila, eché a purificar todo lo apestado, me di una buena y necesaria ducha, antes de ponerme -¡oh!- ropa limpia por primera vez en muchos días, y comprobar infructuosamente en Yotuve si en algún vídeo colgado por un irlandés aparecíamos mi bicicleta y yo. Concluye el viaje, tan duro y fatigoso como emocionante, original y divertidísimo. El próximo se intentará abordar con el mismo espíritu de aventura salvaje. ¡Hasta cuando sea! © El Estanque de Daeron 2000-2010 |